Manu juega el juego
El placer de jugar con los regalos que le trajo Papá Noel a Costa del Este. La pistola de rayos que hace ruido y que no para de sonar... eh... me parece que fue una idea poco atinada, Papá Noel.
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Navidad [2008]
La Navidad siempre es significativa. Para quien la disfruta como para el que la rechaza o procura ignorarla. Cuando chico, implicaba una serie de rituales que, casualidad o no, se daban con precisión cronométrica:
- El 8 de diciembre, Día de la Virgen, la abuela Chula y su hijo menor... eh... yo... armábamos el arbolito. Algunos detalles son imborrables: como la búsqueda de las cosas; el árbol, en el fondo del armario del abuelo Tata y la caja con adornos en las alturas de los placares. Invariablemente descubríamos varios adornos de vidrio (esos que ya no existen o se los vende a precios de antigüedad) caídos en cumplimiento del deber y que las luces no andaban.
- El incremento paulatino del arsenal pirotécnico, que siempre terminaba con algún herido leve, algún cactus menos en lo de doña Sara, algún sapo destripado (los chicos son crueles) y algún insulto proferido desde algún auto cuando alguien les arrojaba un triangulito demasiado cerca.
- La impresentable producción artesanal (a mi cargo) de algún pesebre troquelado que saliera con la revista Anteojito 18 k (edición especial).
- La compra de la fruta seca con días de anticipación, que implicaba la tortura de poder ver y no tocar.
- Instalarme a jugar con los autitos Matchbox en la sombra fresca del porche a esperar la llegada del abuela Tata, que el 24 podía salir más temprano del trabajo.
- El seguimiento del sorteo del Gordo de la Lotería, aunque me parecía que nunca compraban billetes. Era más probable que la abuela Chula le jugara unos numeritos a la quiniela de la Carnicería Young.
- La realización de la ensalada de fruta a cargo de la abuela Chula. El plato principal podía variar entre pollo (abuela) o asado (abuelo).
- El abuelo Tata y el tío Eduardo preparaban de la mesa en el fondo, con los caballetes y el tablón que estaban en el cuartito.
- Habitualmente no venían invitados. Tal vez tíos de un lado o del otro lo hacían en alguna ocasión. La visita generaba emociones ambiguas. Por un lado, me resultaba muy excitante; por el otro, me producía un problema, porque si algo me gustaba era disfrutar de las Fiestas con mis amigos. La presencia de familiares planteaba un dilema. Especialmente después de la medianoche, cuando había que tirar cohetes: sí o sí.
- A las 0.01, luego de brindar, besarnos, emocionarnos y desearnos los mejor, del jardín pasábamos al living, donde la abuela Chula, sentada sobre el sofá, junto al arbolito (ubicado sobre la mesa del teléfono, al lado de la puerta de calle) hacía las veces de vocero de Papá Noel y anunciaba quién había recibido de parte de... El abuelo Tata se sentaba en el sillón justo enfrente, del otro lado de la puerta. Los demás nos acomodábamos por ahí.
- Alrededor de las 0.30, yo volaba hacia la calle para tirar petardos junto con Tosca, Lobo, Danielito, el Chino, Ivana, Nutri, el Coya, Eduardito, Rolo, Claudia, Rosana, Sandra, Jorge, Lauco, Esteban, Javier, Claudio, Hernán, Elina, el Paraguayo y Marcos. La masividad de la convocatoria dependía de cada agenda familiar. Eran mis amigos de la infancia, que vivían en un radio de 2-3 cuadras, como mucho. Unos más cercanos, otros más lejanos también en lo sentimental. Algunos serían amigos de toda la vida.
- Entre la 1 y las 2, mis hermanos se iban a bailar y mis viejos a charlar con los vecinos. Ahí empezaba otra cosa, inigualable e irrepetible. Malena y Cachito cruzaban con una sidra; la Lala, Emilia y Cacho se acercaban con un pan dulce; Lir y Héctor traían fruta seca; Neneca y Rodolfo sumaban más sidra, porque con una no alcanzaba. Los chicos jugábamos contentos ahí, a unos metros. Felices. Que nuestros padres hablaran y se rieran significaba una ida a dormir más postergada. Después el asunto era cómo bajar desde tanta adrenalina y niveles de azúcar en sangre tan elevados.
- Al día siguiente, la Navidad ofrecía dos opciones: un calor que derretía todo y desencadenaba la siesta ajena o una tormenta que desencadenaba la siesta ajena.
- Se comía lo que quedaba y yo bebía toda la gaseosa que se me negaba el resto del año.
Después venían los festejos de Año Nuevo, que eran otra cosa. Y otra cosa muy diferente los festejos en la adolescencia.
En Costa del Este, los detalles difieren, pero la esencia es la misma. Desde despertar con un ánimo que contagiamos para todo el día, la playa, los gustos, los preparativos, la previa, la entrada, la cena, el safari de sapos, la fruta seca, los llamados por celular para saludar a los amigos y a la familia que está lejos, la larga vuelta a la manzana para apaciguar la ansiedad de Manu, los (pocos, por suerte) fuegos artificiales, la carita de sorpresa ante la aparición de los regalos y la velocidad de escape de Papá Noel, el llanto de Tommy (clásico de los bebés ante un acontecimiento social que rompe todas las rutinas de certidumbre), el de Manuchito (clásico berrinche Navideño de querer jugar a las 12.30 con todos los juguetes) y el placer personal de estar en la cama a la 1.
La foto está sacada enseguida después de que Papá Noel llegó por el tiraje de la parrilla sin que nadie lo viera porque estaba muy apurado, ya que tenía que seguir trabajando toda la noche, dejó los regalos y los abrimos.
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Nochebuena [2008]
Un gran día, de principio a fin. Pese a que nos toma de vacaciones, no falta nada, porque incluso nos hemos traído de casa un miniarbolito de Navidad para la que serán la primera Nochebuena junto con Tommy.
A la mañana disfrutamos de la playa, gracias a que nos acompaña un clima perfecto: Manu y Marcela se cansaron de jugar en el mar, y Tom-Tom y yo descansamos bajo la sombrilla. A la tarde, la pasamos en la pileta y tomando sol, mientras Tomasito duerme la segunda siesta.
A la nochecita y a la manera de previa, una generosa picada nos prepara para la cena. Sin embargo y como se entrevé en la foto, lo mejor sucede después: un safari de ranas junto con Manuchito.
Pero la tensión es muy grande. Tomaso se despierta de la tercera siesta y no entiende nada; su hermano mayor, demasiado.
¿Por qué no viene Papá Noel? -pregunta Manuchi.Una y otra vez.
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