No era el momento para irse de vacaciones. Mi cabeza había estallado, tanto como el mundo. Yo andaba arrodillado y a ciegas, tanteando en busca de los pedazos de materia gris que habían rodado bajo los sillones.
Sin embargo, en una carambola que incluyó venta de inmuebles, viejas deudas de la empresa y regalos atrasados por décadas, el abuelo
Pichi, por una razón o por otra, termina dándonos la oportunidad de tomarnos vacaciones en
Costa del Este, en el mismo
apart al que fuimos cuando
Manu tenía más o menos la edad de
Tommy.
No; no están las cosas como para ir de vacaciones a un lugar así. Pero nuestras cabezas no dan más (en especial, la mía), los precios son de temporada baja, la oportunidad es durante el feriado de las Fiestas y la consigna es...
-Ahora o nunca -me apuró Marcela.
Mi ancestral comodidad les predice el resto, ¿no?
La experiencia anterior con respecto al equipaje resulta invalorable y con eso creo ahorramos tiempo, dinero y espacio. De todas maneras, la notoria diferencia de edades conspira a la hora de simplificar objetos. Del paragüitas, los pañales, el barral para la cama y la leche , todas cosas para
Tomasito, no podemos prescindir. Así, terminamos llevando cosas hasta el cuello. Por suerte y como siempre,
Fernanda cuida de
Psycho, que ya ni nos extraña. Pobre
Psychote... Y pensar que en una época lo llevábamos cada verano a San Bernardo. Pero nació
Manuchito, después
Tom-Tom... y los
aparts no aceptan mascotas.
Para bajar la ansiedad, llevé a
Manuchi a dar una vuelta y comprar un par de juguetes para el viaje, tipo cosas de playa, libritos de agua y un
Transformer.
Marce armó las valijas anoche o sea que, en teoría, casi todo estaba listo.
El viaje
Programamos todo para salir cerca del mediodía, cosa de comer y partir... Sí. Terminamos saliendo pasadas las 14 y con un humor... Entre las cosas que no entran en el baúl, los chicos que demandan, el seteo del módem de la computadora de Marcela, la carga de música en el
pen drive, las películas para
Manuel, la temperatura que se dispara a 700 ºC de un momento a otro y una pasadita a cargar nafta, revisar el aire con los empleados de la
Shell que se hacen los distraídos y
Manucho que se le ocurre querer probar el inodoro de la estación de servicio a 5 cuadras casa... digamos que la mano viene complicada.
Hasta que subimos a la autopista... y casi nos pasamos de largo en el peaje de Hudson. Sí, ahí empezamos a calmarnos; en especial yo, el sacado del año. El sol rajaba la tierra desde la derecha, pero los flamantes parasoles cumplieron su cometido. En media hora, las fieras se habían calmado y... Shhh... Se durmieron.
Así llegamos a
Dolores a un ritmo lento, pero parejo. Ya no estamos solos como para ir a velocidades no recomendadas. En el parador de
YPF, luego que Manu quisiera probar el inodoro aquí también, cambiamos el pañal de
Tomás, lo que dejó en evidencia la cantidad de cosas que llevamos. El trámite de sacar el bolso, buscar un pañal, desplegar el cambiador y desvestir a
Tomaso nos consume media hora. Y todavía nos faltaban la la hamburguesa con papas fritas que mis obsesiones demandan. Los 4 partimos hacia la zona de comidas.
No sé porqué la zona de comidas del parador de
YPF de Dolores rebosa de moscas. Si lo pienso con buena fe, aventuraría que debe haber muchos corrales de cría de pollos en la región; fuente habitual de reproducción de estos insectos. Ahora, si lo analizo con mala leche...
Se me hace difícil bajar desde el pico de adrenalina al que llegué para encarar las urgencias de la partida, pero mal que mal empiezo a ponerme a tono. Los chicos, por suerte, se portan más que bien, aunque Manu enseguida recuerda las vacaciones del año pasado (en realidad, de este enero), cuando... ejem... digamos que alguien que ahora está entonces no estaba.
La segunda mitad del viaje pasó sin novedades de trascendencia, salvo por los intentos de uno de fastidiar a otro y el llanto sin cesar de éste durante la última media hora de viaje, tal como lo había hecho su hermano en nuestra primeras vacaciones.
Por suerte, pese a llegar tardísimo, todavía hay sol. La cabaña que nos tocó es mucho mejor que la anterior. Estamos en planta baja y nuestra habitación está bastante separada del living, donde dormirán los chicos. Parece que no tenemos vecinos cerca; algo que deseábamos y una ventaja de vacacionar en esta época del año.
Nos instalamos bastante rápido y compramos comida en la rotisería del apart, que no parece de la calidad que conocíamos. Debe haber cambiado la concesión. Los chicos... ahí andan. Tommy está muy bien, pero Manu se está portando verdaderamente mal. Seguramente está cansado. Ojalá podamos pasar la noche en paz. Dado el tamaño de la cuna (extremadamente estrecha), Tommy dormirá las siestas en ella, pero a la noche le pondremos el barral portátil junto a un colchón.
La noche tuvo sus emergencias, aunque nada del otro mundo. Sobrevivimos.
Día 1
El clima no ayuda y Manu sigue sacado; desconocido, no hace caso y se porta mal. Antes de sacarme -todavía más- lo llevo a dar una vuelta y la verdad es que resulta una buena idea. Así, partimos de excursión por los alrededores en busca del castillo de Shrek o del dragón. Sólo encontramos el árbol del Príncipe Encantador, encontramos espadas, ramitas y piedritas.
Cuando el sol comienza a caer y el frío a aumentar, regresamos al complejo y jugamos en la hamaca y el tobogán.
Día 2
Con sol es otra cosa...
Despertamos a una hora razonable y razonablemente rápido le damos la mamadera a Tommy, nos cambiamos todos, preparamos el bolso y... corremos al comedor a desayunar. Recién después de todo eso logramos acercarnos siquiera a la playa.
El clima está
fresssssco y ventoso, pero con abrigo alcanzamos a quedarnos un rato... razonable. Dado que ¡es la primera vez que Tomaso viene al mar! nos quedamos lo justo para tomarle algunas fotos y que Manu juegue en la arena.
Le ponemos onda, pero realmente el clima no da para más. Tom-Tom disfruta bastante (tampoco se vuelve loco) y huimos antes de que el viento nos vuele al infinito y más allá.
A la tarde, al menos el viento aflojó y Marce lo llevó a Manu a la pileta.
Día 3
De a poco, Manu vuelve a ser Manu, aunque un poco aburrido por la tarde. Es cuando conoce a un amiguito, con el que juega y come cereales. Lo que me resulta más difícil es contenerme para no intervenir cuando veo que el otro nene (2-3 años más grande y pícaro) quiere sacar ventajas de casi todas las situaciones. ¿Intervengo? ¿Dejo que Manu encuentre su propia manera de resolverlo? Bueno, finalmente hago algo intermedio que me genera un poco de culpa... y de alivio.
Ah, ¿ven cómo duerme la siesta el pobre de Tomás? No les exageraba.
Día 4
Hoy es
Nochebuena y el día está acorde, con mucho sol y poco viento. Todos disfrutamos de la playa: Manu y Marcela jugaron en las olas con el barrenador, mientras Tommy, los más aventureros, nos quedamos bajo la sombrilla, pero expectantes.
Una imagen de nuestra cabaña, o como se llame, que es la de abajo.
Panorámica del apart, en momento que esperamos ansiosamente la llegada de Papá Noel.
Día 5
La
Navidad siempre deja algo de regalo y obviamente no me refiero a objetos de consumo. Esta vez se trató de la primera festividad junto con Tommy. Pero, también, del placer de ver a Manu disfrutar de los juguetes que le trajo Papá Noel y nada mejor que con un amiguito que él solito se supo conseguir.
Día 6
El último día de playa, que por suerte ha sido más que bueno.
El debut de Tommy en la pileta ha resultado un gran éxito, pues disfrutó a sus anchas. Para Manu eso también significó un amargo trago novedoso que digerir para tan corta edad; porque recordó su propio paso por estos mismos lugares. No es fácil... No, señor.
Pero, por suerte, Marcela se multiplica para dedicarle un tiempo a todos.
Día 7
Todo tiene un final, que ha sido mejor que el total. El saldo: positivo, pese a todas las contras. Pese a los berrinches, a los celos y a las inadaptaciones, de chicos y de grandes. Pese a todo, dimos vueltas y vueltas, y finalmente le encontramos la ídem.
Las primeras vacaciones de los 4, las primeras vacaciones de los
Frecha en pleno han terminado. Oficialmente le bajamos el telón en el
McDonald's de Chascomús, donde el calor abrasador comenzó a darnos la bienvenida que sólo Buenos Aires puede ofrecer. Pero en casa, que no es lo mismo.
En nuestro hogar.